La tragedia de Séneca fue largo tiempo considerada, bajo la égida del romanticismo alemán decimonónico y su filología institucional, como una expresión artística menor y subsidiaria de la eminente tragedia ática (Tarrant, 1995, pp. 216-217; Habinek, 1992, pp. 227-228). Esta posición axiológica y altamente ideologizada impulsó, además, la postura hermenéutica de considerar el proyecto poético de nuestro autor como una producción subsidiaria y aneja a sus escritos filosóficos, mero material de difusión con escaso valor literario, incluso sosteniendo esta postura crítica en contra de la estima y valoración que tuvo esta obra a lo largo de toda la edad Media y el Renacimiento (más precisamente, hasta el período en que la filología alemana ejerció su hegemonía intelectual e instauró una tradición selectiva particular) (Williams, 1997, pp. 134-138; Whitmore, 1915, pp. 101-103).1 De este modo, los personajes senecanos fueron reducidos a simples exempla admonitorios que poco o nada ofrecían poética o intelectualmente (Marti, 1949, pp. 189 y ss).